Leonid se levantó del sillón con una suavidad que contrastaba con la seriedad de la situación. Cruzó los brazos sobre su pecho, recostándose ligeramente contra el marco de la puerta, observando a su amigo con una sonrisa entre divertida y juguetona, los ojos brillando con la malicia característica de quien conocía todos los secretos de otro.
—Bueno, entonces no interrumpo más. Debo regresar a mi trabajo —dijo Leonid, su tono relajado, casi burlón—. Tengo que revisar esos papeles de la compra de