El motor del pequeño auto compacto se apagó con un último suspiro asmático frente a una estructura de madera grisácea, apenas distinguible en el crepúsculo. Estábamos en las afueras de un pueblo cuyo nombre ni siquiera me había molestado en mirar; un lugar donde la gente miraba por encima de sus cortinas de encaje y donde, según mi instinto de supervivencia, nuestra presencia no pasaría desapercibida si no jugábamos bien nuestras cartas.
Llevábamos horas en la carretera. El camino había sido un