La mañana en el pueblo era fría, de ese frío húmedo que se te mete en los huesos y te obliga a encoger los hombros bajo el abrigo. El cielo estaba cubierto por una capa gris y espesa, pero las calles empedradas ya mostraban señales de vida: un panadero abriendo su local, el olor a café recién colado flotando en el aire y un par de perros callejeros trotando perezosamente por las esquinas.
Kyler caminaba a mi lado. Su mano estaba firmemente entrelazada con la mía. Al principio intenté soltarme,