La luz grisácea de la mañana apenas lograba abrirse paso a través de los densos pinos que rodeaban la cabaña. Me desperté con el cuerpo entumecido, no solo por la dureza del colchón improvisado, sino por el peso invisible pero abrumador de la noche anterior. La revelación de mi embarazo doble seguía flotando en el aire como una neblina tóxica que amenazaba con asfixiarnos a ambos. Me incorporé lentamente, frotándome las sienes para calmar el dolor de cabeza que insistía en instalarse detrás de