El despertar fue un proceso lento y doloroso, como si mi consciencia hubiera tenido que arrastrarse a través de kilómetros de barro y espinas antes de encontrar la superficie. Lo primero que percibí no fue la luz, sino un olor: leña quemándose, el aroma metálico de la lluvia en los cristales y, apenas perceptible, el rastro de tabaco húmedo que, de una manera que me causaba náuseas, reconocía perfectamente.
Abrí los ojos. El techo era de madera oscura, con vigas robustas que se perdían en la pe