La casa se sentía pequeña, asfixiante, cargada con el olor a traición que Kyler había dejado flotando en el ambiente. Cada rincón, cada mueble, me recordaba a la mujer ingenua que fui hasta hace apenas unas horas. Pero Alissa Vance ya no existía; había muerto junto con la fe en el hombre que, según mis propios ojos, me había tasado y vendido al mejor postor.
No podía quedarme. Si la verdad había llegado a mis manos, significaba que mis enemigos ya estaban moviendo sus piezas. La finca, que ante