El fuego en la chimenea se había reducido a un puñado de brasas moribundas que arrojaban una luz anaranjada y agónica sobre la cabaña. El silencio era total, salvo por el siseo ocasional de la madera consumiéndose y la respiración acompasada de Alissa, que finalmente se había rendido ante el agotamiento absoluto. Estaba tumbada en la única cama, envuelta en una manta de lana basta, con el rostro relajado por el sueño. Era una paz impostada, una calma que sabía que se rompería en cuanto sus ojos