La camioneta negra se perdió en la oscuridad del camino. El motor se alejó hasta que solo quedó el sonido del río y el viento entre los pinos.
Valeria no se movía. Estaba parada en el porche con los ojos clavados en la entrada, como si esperara que Adrián volviera en cualquier momento. Mateo seguía a su lado, callado, pero ella podía sentir la rabia que emanaba de su cuerpo.
—¿Qué quería? —preguntó él finalmente, con la voz ronca.
—No lo sé… —susurró Valeria—. Solo me miró. No dijo nada. Solo…