Mundo ficciónIniciar sesiónEl silencio que quedó después de la reunión familiar fue más pesado que cualquier palabra pronunciada.
Valeria se quedó sentada en el salón principal mucho tiempo después de que todos se fueran. Las manos todavía le temblaban. Mateo no se había movido de su lado. Seguía arrodillado frente a ella, sosteniendo sus manos entre las suyas con una firmeza tranquila, como si temiera que ella se rompiera en cualquier momento. —Valeria… —murmuró él finalmente, con voz ronca—. Mírame. Ella levantó la mirada. Sus ojos avellana estaban llenos de lágrimas contenidas, confusión y algo más que no se atrevía a nombrar. Mateo le soltó una mano y le acarició la mejilla con el pulgar, limpiando una lágrima que había escapado. —No tienes que decidir nada hoy —repitió con suavidad—. Ni mañana. Solo… respira. Estoy aquí. Valeria cerró los ojos y se inclinó hacia adelante hasta apoyar su frente contra la de él. El contacto fue cálido, íntimo, peligroso. Podía sentir su aliento mezclándose con el suyo, el latido fuerte y constante de su corazón. —Estoy cansada de fingir —susurró ella—. Cansada de sonreír para las cámaras, de actuar como si todo estuviera bien, de tener miedo de lo que siento. Mateo no se movió. Solo dejó que sus frentes permanecieran unidas. —¿Y qué sientes? —preguntó en voz muy baja. Valeria tardó varios segundos en responder. —Miedo —admitió—. Miedo de que todo esto sea solo una ilusión. Miedo de que Alejandro tenga razón y tú solo seas… un remplazo. Pero también… miedo de que no lo seas. Miedo de que empiece a desear que seas real. Mateo soltó un suspiro tembloroso. Su mano subió desde su mejilla hasta enredarse suavemente en su cabello. —Nunca he sido un remplazo para ti —dijo con voz grave y sincera—. Desde aquella noche en la carretera, siempre fuiste tú. La chica que se detuvo bajo la lluvia. La que me miró con esos ojos tristes y me dijo que todo iba a estar bien. Nunca dejé de buscarte en mi mente. Cuando mi madre me llamó y mencionó tu nombre… supe que no podía decir que no. Valeria abrió los ojos y se separó apenas unos centímetros para mirarlo. —¿Por qué nunca me buscaste después de esa noche? Mateo sonrió con tristeza. —Porque era el oveja negra. Porque estaba roto, huyendo de mi familia, sin nada que ofrecer. Pensé que una chica como tú merecía algo mejor que un hombre como yo. Valeria levantó una mano y tocó la cicatriz que asomaba por el cuello de su camisa. —Eras tú el que estaba herido esa noche —susurró—. Y yo solo… hice lo que sentía correcto. Mateo tomó su mano y besó la palma con una ternura que contrastaba con su aspecto rudo. —Hiciste mucho más que eso —murmuró contra su piel—. Me diste esperanza. El aire entre ellos se volvió denso, cargado de años de recuerdos no compartidos, de deseo reprimido y de una conexión que ninguno de los dos podía seguir ignorando. Valeria miró sus labios. Mateo miró los de ella. Ninguno de los dos se movió… hasta que Valeria lo hizo. Se inclinó lentamente y rozó sus labios con los de él. Fue un beso suave, tentativo, casi tímido. Un beso que preguntaba más que exigía. Mateo se quedó quieto durante un segundo, como si no pudiera creer lo que estaba pasando. Luego soltó un sonido bajo, casi un gruñido, y profundizó el beso. Su mano se enredó en su cabello, atrayéndola más cerca. El beso pasó de suave a intenso en cuestión de segundos. Había hambre, años de espera, frustración y un deseo que ninguno de los dos había querido admitir hasta ese momento. Cuando se separaron, ambos respiraban agitadamente. Valeria apoyó su frente contra la de él otra vez, con los ojos cerrados. —Esto… no sé si está bien —susurró. Mateo le acarició la mejilla con el pulgar. —Está bien si tú quieres que esté bien —respondió con voz ronca—. No voy a presionarte. Pero si decides cruzar esta línea conmigo… quiero que sea porque lo deseas. No porque te sientas obligada. Valeria abrió los ojos y lo miró fijamente. —Quiero cruzarla —confesó en un susurro tembloroso—. Pero tengo miedo de que mañana me arrepienta. Mateo sonrió con ternura y le dio un beso suave en la frente. —Entonces no la crucemos hoy —dijo con paciencia—. Solo… quédate cerca de mí. Deja que te demuestre que no soy un remplazo. Que soy tuyo si me quieres. Valeria asintió lentamente y apoyó la cabeza en su pecho. Mateo la rodeó con sus brazos, abrazándola con fuerza pero sin presionarla. Por primera vez desde la boda, Valeria se sintió segura. Pero en el fondo sabía que la calma no duraría. Porque Alejandro había regresado. Y cuando alguien como él decidía luchar por algo, no se rendía fácilmente.






