Mundo ficciónIniciar sesiónEl beso aún ardía en los labios de Valeria cuando se separaron.
Se quedaron mirándose en silencio, respirando agitadamente, con las frentes pegadas. Ninguno de los dos parecía capaz de moverse. El salón principal de la mansión, que minutos antes había sido testigo de la confrontación con Alejandro, ahora parecía demasiado pequeño para contener lo que acababa de pasar entre ellos. Mateo fue el primero en romper el silencio. Su voz salió ronca, casi rota: —Valeria… dime que no te arrepientes. Ella cerró los ojos y negó lentamente con la cabeza. —No me arrepiento —susurró—. Pero tengo miedo. Todo esto es demasiado rápido. Hace menos de dos semanas estaba comprometida con tu hermano. Ahora estoy besando a su hermano menor en la misma casa donde firmamos un contrato que nos obliga a fingir. Mateo soltó un suspiro tembloroso y apoyó su frente contra la de ella otra vez. —Entonces iremos despacio —prometió—. No quiero que hagas nada que no estés segura de querer. Pero necesito que sepas una cosa: esto ya no es solo un contrato para mí. No lo ha sido desde el momento en que te vi en el altar. Valeria sintió que el corazón se le encogía. Abrió la boca para responder, pero en ese preciso instante su teléfono vibró con fuerza sobre la mesa. Era un mensaje de Alejandro. Alejandro: “Acabo de enterarme de lo que pasó en la reunión. No puedo creer que te hayas dejado tocar por él. Mañana a las 11 te espero en el café del hotel Jaragua. Solo tú. Necesitamos hablar. No le digas a Mateo. Esto es entre nosotros.” Valeria palideció. Mateo notó el cambio en su expresión inmediatamente. —¿Qué pasa? Ella dudó un segundo, pero finalmente le mostró el mensaje. Mateo leyó y su rostro se endureció al instante. La ternura de hacía unos segundos desapareció por completo, reemplazada por una furia contenida. —No vas a ir —dijo con voz baja y peligrosa. Valeria se apartó un poco. —No puedo ignorarlo. Si no voy, es capaz de hacer un escándalo mayor. Ya amenazó con hablar con la prensa. Mateo se pasó una mano por el cabello, frustrado. —Entonces iré contigo. —No —respondió ella con firmeza—. Si vas, solo empeorará todo. Alejandro es orgulloso. Si te ve allí, va a explotar. Necesito hablar con él a solas y terminar esto de una vez. Mateo la miró durante varios segundos en silencio. Sus ojos verdes brillaban con una mezcla de celos, preocupación y algo más profundo. —Valeria… —su voz bajó aún más—. No quiero que estés sola con él. No confío en él. Ella tomó su mano y la apretó. —Confía en mí —susurró—. Solo quiero cerrar este capítulo. Después… podremos hablar de lo que acaba de pasar entre nosotros. Mateo cerró los ojos un momento, como si le costara un esfuerzo físico dejarla ir. Finalmente asintió, aunque su mandíbula seguía tensa. —Está bien. Pero si en cualquier momento sientes que algo no está bien, me llamas. Inmediatamente. No me importa si estoy en medio de una reunión. Vendré. Valeria asintió. La noche fue larga y llena de silencio. Mateo volvió a dormir en el sofá. Valeria se quedó mirando el techo durante horas, tocándose los labios donde aún sentía el calor del beso. A la mañana siguiente, a las 10:50, Valeria llegó al café del hotel Jaragua. Llevaba un vestido sencillo y gafas de sol para ocultar las ojeras. Alejandro ya estaba sentado en una mesa apartada, impecable como siempre, con un traje azul oscuro y esa sonrisa que antes le parecía encantadora. Cuando la vio, se levantó y trató de abrazarla. Valeria dio un paso atrás. —No —dijo con frialdad—. No estoy aquí para reconciliaciones. Estoy aquí para que me expliques por qué huiste la noche de nuestra boda y por qué ahora crees que tienes derecho a volver como si nada hubiera pasado. Alejandro se sentó de nuevo, con expresión dolida. —Valeria, cometí el peor error de mi vida. Esa mujer me manipuló. Me hizo creer que estaba enamorado de ella, pero en cuanto me alejé, me di cuenta de que solo te quiero a ti. Regresé para recuperarte. Valeria soltó una risa amarga. —¿Recuperarme? Me dejaste plantada frente a cuatrocientas personas. Me humillaste. Y ahora pretendes que olvide todo porque tú “te arrepentiste”? Alejandro extendió la mano sobre la mesa, intentando tomar la de ella. Valeria la retiró. —Mateo solo es un remplazo —insistió él con voz urgente—. Un oportunista que aprovechó mi ausencia. No te ama. Solo quiere la herencia y vengarse de mí. Tú y yo teníamos planes. Una vida juntos. No tires todo por la borda por un capricho de dos semanas. Valeria lo miró fijamente. Por primera vez, vio a Alejandro con claridad: egoísta, manipulador y acostumbrado a conseguir todo lo que quería. —Mateo no es un remplazo —dijo con voz firme—. Es el hombre que se quedó cuando tú huiste. Es el hombre que me protegió cuando todos me miraban con lástima. Y sí… estoy empezando a sentir algo por él. Alejandro palideció. —No puedes estar hablando en serio. —Estoy hablando muy en serio —respondió Valeria, levantándose—. No vuelvas a buscarme. No vuelvas a llamarme. Si intentas crear otro escándalo, yo misma hablaré con la prensa y contaré toda la verdad sobre por qué huiste. Se dio la vuelta para irse, pero Alejandro la sujetó del brazo con fuerza. —Valeria, espera… En ese preciso instante, una voz grave y peligrosa resonó detrás de ellos. —Suéltala. Mateo estaba allí, de pie a solo unos metros, con los puños apretados y una expresión asesina en el rostro. Alejandro soltó el brazo de Valeria inmediatamente. —¿Viniste a espiarnos? —preguntó con desprecio. —Vine a proteger a mi esposa —respondió Mateo dando un paso adelante—. Y si vuelves a tocarla, no me va a importar que seas mi hermano. Te voy a romper la cara aquí mismo. Valeria se colocó entre los dos, poniendo una mano en el pecho de Mateo. —Basta —dijo con voz temblorosa pero firme—. Ya terminé aquí. Tomó la mano de Mateo y lo sacó del café sin mirar atrás. Una vez fuera, en el estacionamiento, Mateo la detuvo y la miró con intensidad. —¿Estás bien? —preguntó, revisándola con la mirada como si buscara alguna herida. Valeria asintió. —Estoy bien. Pero… gracias por venir. Mateo la atrajo hacia él y la abrazó con fuerza. Valeria se dejó envolver por sus brazos, hundiendo el rostro en su pecho. —No voy a dejar que te haga daño —murmuró él contra su cabello—. Ni él, ni nadie. Valeria levantó la mirada hacia él. Sus ojos se encontraron. Esta vez no hubo dudas. Se puso de puntillas y lo besó. El beso fue diferente al de la noche anterior. Fue más profundo, más urgente, lleno de todo lo que habían estado reprimiendo durante días. Mateo la apretó contra su cuerpo, una mano en su cintura y la otra en su nuca, como si temiera que ella desapareciera. Cuando se separaron, ambos respiraban con dificultad. —Mateo… —susurró Valeria contra sus labios. —Dime que esto es real —pidió él con voz ronca. Valeria sonrió por primera vez en muchos días. —Esto es real.






