El regreso del heredero

La reunión familiar estaba programada para las diez de la mañana en el salón principal de la mansión Montiel.

Valeria apenas había dormido. Se levantó temprano, se duchó y eligió un vestido sencillo pero elegante de color crema. Se miró en el espejo y apenas se reconoció: ojos cansados, expresión tensa, una mujer atrapada en un matrimonio que nunca quiso.

Mateo ya estaba abajo cuando ella bajó. Llevaba una camisa negra y pantalones oscuros. Su postura era relajada, pero Valeria notó la tensión en sus hombros y la forma en que apretaba la mandíbula.

—Buenos días —dijo él con voz grave cuando la vio.

—Buenos días —respondió ella en un susurro.

Ninguno de los dos mencionó la noche anterior, el casi-beso, ni la llamada de Alejandro. Era como si ambos hubieran decidido guardar silencio sobre lo que estaba creciendo entre ellos.

Ramón Montiel ya estaba sentado a la cabecera de la larga mesa del comedor, con una taza de café negro y el rostro serio. Elena de la Vega estaba a su lado, visiblemente nerviosa.

A las diez en punto, las puertas del salón se abrieron.

Alejandro entró.

Guapo, elegante, con un traje gris impecable y esa sonrisa confiada que Valeria conocía tan bien. Pero sus ojos tenían un brillo duro, casi peligroso.

Detrás de él venía una mujer joven y atractiva —su amante, supuso Valeria— que se quedó discretamente en segundo plano.

Alejandro miró primero a su hermano, luego a Valeria. Su expresión cambió cuando vio sus manos casi rozándose sobre la mesa.

—Vaya… qué escena tan tierna —dijo con sarcasmo—. Mi hermano menor y mi prometida convertidos en esposos felices. Qué rápido te moviste, Mateo.

Mateo se levantó lentamente, con una calma peligrosa.

—No es tu prometida —respondió con voz grave—. Es mi esposa. Y tú fuiste el que decidió huir la noche de la boda.

Alejandro soltó una risa corta y amarga.

—¿Huir? Yo tomé una decisión. Tú aprovechaste la oportunidad para robar lo que no te pertenecía.

Valeria sintió que le faltaba el aire. Se levantó también, con las manos temblando.

—Alejandro… ¿cómo te atreves a venir aquí después de lo que hiciste? Me dejaste plantada frente a toda esa gente. Me humillaste públicamente.

Alejandro dio un paso hacia ella, suavizando su expresión.

—Valeria, mi amor… cometí un error. Estaba confundido. Esa mujer —señaló a su acompañante— me manipuló. Pero ya terminé con ella. He vuelto para arreglar las cosas. Para recuperar lo que es mío.

Mateo se interpuso entre ellos con un movimiento rápido y protector.

—Ella no es tuya —dijo con voz baja y amenazante—. Firmamos un contrato. Estamos casados. Y si crees que voy a permitir que te acerques a ella para lastimarla de nuevo, estás muy equivocado.

Ramón Montiel golpeó la mesa con la palma de la mano.

—¡Basta! —ordenó—. Esta reunión no es para que se peleen como niños. Es para encontrar una solución civilizada. La alianza empresarial sigue en pie y necesitamos que se mantenga.

Elena intervino con voz temblorosa.

—Alejandro, hijo… lo que hiciste fue imperdonable. Pero ahora Mateo y Valeria están casados. Tenemos que respetar eso.

Alejandro miró a su hermano con odio puro.

—¿Respetar? ¿Respetar que mi propio hermano se casara con la mujer que yo elegí? ¿Que se metió en mi lugar como un oportunista?

Mateo dio un paso adelante, su cuerpo tenso como un resorte.

—Tú elegiste huir con tu amante la noche de la boda. Yo elegí quedarme y salvar a Valeria de la humillación que tú le causaste. No te atrevas a llamarme oportunista.

La tensión en el salón era insoportable. Valeria sintió que las lágrimas amenazaban con salir.

—Basta —dijo ella con voz rota pero firme—. Ya no soy tu prometida, Alejandro. Soy la esposa de Mateo. Y aunque esto empezó como un contrato, no voy a permitir que vengas aquí a destruirlo todo otra vez.

Alejandro la miró con sorpresa y dolor.

—Valeria… ¿realmente vas a elegir a mi hermano antes que a mí? ¿Después de todo lo que teníamos?

Valeria sintió un nudo en la garganta. Miró a Mateo, que estaba a su lado, protector y silencioso. Luego miró a Alejandro, el hombre con el que había planeado su futuro.

—No elegí a nadie —respondió con honestidad—. Me obligaron a casarme. Pero ahora… estoy empezando a ver que Mateo no es el remplazo que creía.

El silencio que siguió fue ensordecedor.

Alejandro dio un paso atrás, con el rostro pálido.

—Esto no termina aquí —dijo con voz fría—. Voy a luchar por ti, Valeria. Y cuando te des cuenta de que mi hermano solo es un sustituto barato, volverás conmigo.

Mateo dio un paso adelante, pero Valeria lo detuvo poniendo una mano en su brazo.

—No —le susurró ella—. Déjalo.

Alejandro se dio la vuelta y salió del salón, seguido por su acompañante. El portazo resonó en toda la mansión.

Ramón Montiel se levantó, visiblemente furioso.

—Esto no puede repetirse. Quiero que ambos mantengan la imagen de pareja unida. Si Alejandro causa problemas, lo resolveremos en privado.

Cuando su padre salió, Valeria se quedó sola con Mateo en el salón.

Ella se dejó caer en una silla, exhausta.

Mateo se arrodilló frente a ella y tomó sus manos entre las suyas.

—¿Estás bien? —preguntó con voz suave.

Valeria negó con la cabeza, con lágrimas en los ojos.

—No sé qué siento —confesó—. Verlo… me trajo recuerdos. Pero también me di cuenta de que ya no lo miro de la misma forma.

Mateo le apretó las manos con fuerza.

—No tienes que decidir nada hoy —dijo con ternura—. Solo quiero que sepas que estoy aquí. No como sustituto. No como obligación. Estoy aquí porque quiero estar.

Valeria lo miró a los ojos. Por primera vez, no vio al hermano rebelde de Alejandro. Vio a Mateo. Al hombre que la protegía, al hombre que guardaba un secreto desde hacía ocho años, al hombre que la hacía sentir segura por primera vez en mucho tiempo.

Se inclinó lentamente hacia adelante y apoyó su frente contra la de él.

—Gracias —susurró.

Mateo cerró los ojos y respiró su aroma.

—No me des las gracias —murmuró—. Solo quédate conmigo un poco más.

En ese momento, con las frentes unidas y las manos entrelazadas, Valeria sintió que la línea entre la farsa y la realidad empezaba a borrarse.

Y por primera vez, no le dio miedo.

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