Capítulo 2 — Tengo una idea.

El "sitio de siempre" de Holden era un bar clandestino escondido tras una fachada de lavandería automática.

Un lugar al que mi mejor amigo y yo habíamos ido desde la universidad para escapar de todo.

Y allí, en un reservado al fondo, lejos de las miradas curiosas y luciendo como el chico malo y mujeriego que era, estaba él.

Vaya... Esto sí que es una buena terapia para mis ojos.

¿Qué puedo decir?

Mi mejor amigo estaba mucho más buenazo que la última vez que lo vi.

El chico desaliñado y sin sentido de la moda se había convertido en un hombre que llenaba el espacio con una presencia calmada pero imparable y bastante atrayente, debo admitir.

Llevaba unos jeans holgados y una camiseta negra que se ajustaba a la perfección a sus brazos musculosos. No pude evitar notar la chaqueta de cuero colgada del respaldo de la silla y que seguramente costaba más que mi coche. Sus rulos castaños desordenados y esos ojos verdes, que siempre encantaban a las mujeres, parecían estar a punto de soltar una broma.

Cuando por fin notó mi presencia, su sonrisa fue un faro en la oscuridad de mi noche.

—¡Dios mío, Godoy! —gritó por encima de la música, levantándose con gracia—. Pensé que me habías dejado plantado; te tardaste una eternidad. Al menos esperaba un vestido con escote como disculpa por hacerme esperar.

Idiota.

—No suelo mostrar mis atributos a los que siempre me roban el postre.

Atravesó la distancia en dos zancadas y me envolvió en un abrazo, logrando que inhalara su colonia cara.

Se sentía tan bien verlo después de tanto tiempo.

—Te ves espantosa —murmuró contra mi pelo y yo me reí—. Me encanta. Tenía miedo de no encontrar a la auténtica Adara. La mujer sin filtros que conocí.

—Y tú te ves como si hubieras salido de la portada de Forbes. Me das asco, Somerset —solté, separándome para luego caminar a nuestra mesa y sentarme.

Él se rió también, un sonido profundo y genuino, y se acomodó frente a mí. Ya había ordenado una botella de whisky y dos vasos que aún no habían sido usados.

—¿Forbes? Por favor, qué aburrido, Godoy. Yo soy más de la portada de GQ: el magnate que no se toma nada en serio. Suena mucho más atractivo, ¿no crees?... Ahora, hablemos de lo que me tiene confundido. ¿Por qué tu hermana publica fotos con un anillo que parece el ocular de un telescopio y un texto que haría vomitar a un poeta cursi?

Dios, no hablemos de Amira, por favor.

Me sirvió dos dedos de whisky y yo me lo tomé sin pensarlo. El líquido ardió en mi garganta, pero era un calor bienvenido en estos momentos.

—Porque se va a casar.

—Eso lo pude deducir, Sherlock. No soy idiota... ¿Quién es el pobre desgraciado? No hay ni una sola foto del tipo en sus redes. Solo manos entrelazadas y atardeceres con siluetas a lo lejos. Sospechoso.

¿Por qué está tan interesado en saber sobre el prometido de mi hermana?

Respiré hondo.

Era más fácil seguirle la corriente a Holden, y decírselo borracha haría que todo fuera menos doloroso.

Espero.

—Con August Saavedra.

Mi mejor amigo parpadeó una y otra vez, sin entender muy bien lo que había dicho. Luego frunció el ceño, como si el nombre no encajara en su mente.

—August… ¿Saavedra? El tipo financiero aburrido de la clase de economía del que siempre hablabas. ¿Ese August?

—El mismo.

—Pero… espera. —Su expresión de confusión fue casi cómica, pero no me reí—. ¿Acaso ese no era tu novio? ¿El que te llevó a la cena de graduación y no paró de hablar de los malditos bonos de inversión?

Joder, qué vergüenza.

—Exacto... Mi ex prometido, para ser más precisos.

El vaso de Holden se detuvo a mitad del camino hacia sus labios. Sus ojos verdes se clavaron en los míos y todo rastro de diversión se esfumó de su rostro.

—¿Esto es una broma, Godoy? Si lo es, es una broma de mal gusto.

Negué con la cabeza, bebiéndome otro trago. A este punto ni siquiera se sentía fuerte.

—No bromeo. Ella me lo quitó, Holden... Lo conoció en una cena familiar, empezaron a trabajar en "proyectos de mejora de imagen" para la empresa de él, y… bueno... El orden natural de las cosas, según ella.

—¿Pero qué...? —Holden dejó caer el vaso con un golpe seco—. ¿Qué m****a significa eso, Adara? ¿Cómo m****a pudo cambiarte por tu hermana? ¿August es tan imbécil que no puede distinguir entre la original y la copia barata?

Sus palabras, tan enfáticas y tan a mi favor, me conmovieron más de lo que quería admitir.

—No hablo de la apariencia, Holden.

Amira no se está muriendo como yo.

—Claro que no —cortó él, arrastrando su silla más cerca de mí y yo suspiré—. Tú eres mil veces más inteligente, más interesante y con más carácter en tu dedo meñique que ella en todo su cuerpo de plástico. August Saavedra no solo es un cobarde, es un idiota de proporciones épicas... Un maldito ciego que dejó ir a la chica más increíble que conozco.

Ay, Holden... Por favor, cállate.

Quise gritar.

Cómo deseaba poder contarle a Holden todo acerca de mi enfermedad y poder soltar tantas cosas, pero no... Jamás soportaría que me mirara con lástima.

—Mis padres están encantados con el cambio —confesé en voz baja, mirando mis manos—. Dicen que es la unión perfecta. Que August y Amira son el uno para el otro... Han destinado… todo a esa boda.

Hasta el dinero para mi cirugía.

—Esto es… una puta monstruosidad —masculló, pasándose una mano por el cabello. Luego me miró, y su ira pareció transformarse en algo más protector—. Lo siento, Adara. Realmente lo siento; tu familia es una basura.

Ni siquiera pude discutir.

Asentí, vaciando mi vaso y él lo rellenó al instante.

—Bueno, si te hace sentir mejor, a mí tampoco me ha ido de maravilla —suspiró él, tratando de aligerar el ambiente—. El abuelo ha decidido que, si no me caso antes de que cumpla treinta y uno, va a redirigir una parte obscena de mi herencia a una fundación para… no sé, salvar a los armadillos o algo así. Me tiene con los huevos en la garganta.

A pesar de todo, aquello me hizo sonreír.

Holden era un hombre dramático y me encantaba. Hablar con él era como leer un libro nuevo cada día.

—¿Y? ¿La solución mágica del gran Holden Somerset es...?

—Me estoy escondiendo —soltó con una sonrisa pícara que me hizo rodar los ojos—. He decidido estudiar el mercado y establecerme aquí indefinidamente... Aunque el viejo es persistente. Necesito algo más… creativo para que me deje en paz.

Me volví a reír y seguimos bebiendo y hablando sobre todo y nada. Me contó anécdotas absurdas de sus viajes y yo le conté los peores proyectos de programación en los que me contrataron.

Era fácil reírse y convivir con él.

Pero el alcohol era un traidor de primera.

En primer lugar, yo no debía estar tomando ni una gota de alcohol por mi problema cardíaco.

Lo tenía estrictamente prohibido.

Y el momento fatídico lo sentí llegar como un ligero mareo, luego como un calor incómodo en la cara que no se iba con nada. Mi pulso, siempre en la cuerda floja, empezó a acelerarse, no solo por la taquicardia, sino también por la deshidratación y el efecto del whisky.

Maldita sea.

¿Ni siquiera hoy puedo estar tranquila?

Traté de ocultarlo con más risas y gestos exagerados.

—Oye, Adara, ¿estás bien? —me preguntó Holden después de un rato, sus ojos curiosos posándose en mí—. Te pusiste pálida de repente.

M****a.

—¡Estoy perfecta! —exclamé, demasiado rápido para mi gusto—. Es solo… el enojo. Toda la humillación que he sentido estos días... ¿Sabes lo que es pasar toda tu vida a la sombra de tu hermana? ¿Que tus logros sean un "oh, qué lindo" y los de ella sean una fiesta nacional? —Las palabras salían solas, empujadas por el alcohol y el dolor—. Solo quiero, por una puta vez en mi vida, ser el centro. Que me miren a mí y que yo sea la noticia, la que tiene algo que celebrar. No la hermana relegada, ni la que siempre llega segunda... Quiero que todos ellos sepan lo que se siente no valer nada.

Mi voz se quebró al final y me odié por ello.

Holden no dijo nada, solo se quedó estudiándome, sus ojos verdes escaneando mi rostro, mi postura y mis manos temblorosas alrededor del vaso.

Estaba a punto de decirme algo para hacerme sentir mejor... Pero justo en ese momento, vi cuando su cerebro, ese genio para los patrones y las soluciones imposibles, conectó todos los puntos; mi dolor, su problema, nuestro vínculo y el deseo de venganza.

Oh, no.

Una luz lenta, peligrosa y brillante se encendió en su mirada.

Y no había nada que pudiera apagarla.

—Tengo una idea.

—Dios me libre de tus ideas, Somerset. La última vez que tuviste una, acabamos detenidos por "alteración del orden" en un monumento nacional.

—Esta es mejor, lo juro —me aseguró con una enorme sonrisa en sus labios—. Es… interesante. Y soluciona el problema de ambos... De una forma épica.

—Voy a necesitar otro trago para esto —suspiré, llevándome el vaso a los labios.

Pero él me lo quitó suavemente y lo dejó a un lado. Luego, se inclinó sobre la mesa, acortando la distancia entre los dos.

Esto definitivamente no será bueno para mí.

—Adara, cásate conmigo.

¡¿Qué?!

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