La severidad del rostro de Diana se disolvió tan rápidamente como había aparecido. Al escuchar la confirmación de Joren de que había estado investigando a Belem, tal como ella había deseado desde que el escándalo explotó en CIRSA, su expresión se suavizó. El ceño fruncido se relajó, y sus ojos, antes fríos y demandantes, ahora reflejaban una calculada calidez. Era la sonrisa de la satisfacción, la de quien ve sus piezas moverse en el tablero.
—Mi querido Joren —dijo Diana, su voz recuperando es