La información que Joren había soltado, calculadamente ambigua pero lo suficientemente jugosa como para despertar el interés de una hiena hambrienta, pareció surtir el efecto deseado. El rostro de Diana, que momentos antes había reflejado una mezcla de curiosidad impaciente y exigencia autoritaria, ahora se transformaba. Una expresión de satisfacción gélida se apoderó de ella, como la escarcha sobre un lago congelado que, a pesar de su belleza, denota una frialdad inherente. Pero lo que siguió