La cena en la elegante mansión de Puebla fue, en efecto, un espectáculo para los sentidos. Cada platillo que desfiló por la mesa era una obra de arte culinaria, digna de los más prestigiosos reconocimientos gastronómicos, de esos que solo unos pocos chefs logran alcanzar en su carrera. Los sabores eran exquisitos, las texturas perfectas, una sinfonía para el paladar que contrastaba drásticamente con la atmósfera que reinaba en el comedor.
No hubo risas, ni chistes que aligeraran el ambiente, na