El taxi de Joren lo dejó frente a la imponente residencia familiar en Puebla. El aire, a diferencia de la brisa marina y liberadora de Veracruz, era más denso, cargado con el peso de las expectativas no dichas y las complejas dinámicas de poder que caracterizaban a los Castillo en su propio feudo. Joren pagó al conductor con un gesto seco y, con un suspiro apenas audible, que se perdió en la majestuosidad de la fachada de piedra, subió los escalones de la entrada, preparándose mentalmente para