La oscuridad de la suite en la mansión de Veracruz era casi total, un manto cómplice que apenas la tenue luz nocturna lograba perforar. Yago, segundos después de que Nant se deslizara en la cama desnuda, se volteó para acomodarse. Su cuerpo se movió con la fluidez de un depredador, buscando la posición más cómoda para el descanso. Sin embargo, en el instante en que sus brazos se extendieron para abrazar lo que esperaba fuera el cuerpo cubierto por la pijama de seda, se llevó una sorpresa.
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