La luz suave de la lámpara en la mesita de noche seguía bañando la suite en la mansión de Veracruz, el aire aún vibrando con la tensión y el deseo. Yago esperaba la respuesta de Nant, su sonrisa pícara intacta, sus ojos fijos en ella, invitándola a ceder al juego que había propuesto. Nant sintió el peso de su mirada, la intensidad de su invitación, el anhelo que ardía en su propio interior. Su mente, sin embargo, trabajaba a una velocidad febril, procesando la situación. ¿Ceder? ¿Jugar? ¿O hace