La luz suave de la lámpara en la mesita de noche, en la opulenta suite de la mansión de Veracruz, bañaba los rostros de Yago y Nant, revelando una compleja danza de tensión y deseo que danzaba entre ellos. Nant, desarmada por la audacia de la pregunta de Yago, se sentía atrapada en una encrucijada emocional. Por un lado, el rubor ardiente de su vergüenza por haber sido tan explícitamente "leída" por él; por el otro, el fuego inquebrantable de su determinación. Su mente, habitualmente tan aguda