La gran mansión en Veracruz se sumió en el silencio de la noche, un manto de quietud que apenas se rompía por los sonidos lejanos del océano. Yago y Nant habían subido la escalera, cada uno sumergido en sus propios pensamientos después de las llamadas telefónicas y la inusual cena en la cocina. La atmósfera entre ellos, que había oscilado entre la camaradería y una tensión palpable, ahora se asentaba en una expectación silenciosa. Entraron en la suite, las luces tenues ya preparadas por Albert,