El calor del momento en la regadera era innegable, una llamarada que había amenazado con consumir todo a su paso. El miembro de Yago, turgente y urgente contra el cuerpo de Nant, era una prueba irrefutable de la pasión que los embargaba. El beso, profundo y voraz, había sido una promesa tácita de lo que estaba por venir. Sin embargo, en medio de esa vorágine de deseo, una pequeña voz en la mente de Nant, una voz de pragmatismo y de conciencia de la realidad circundante, logró abrirse paso a tra