El torrente helado que aún caía sobre ellos de la regadera fue abruptamente silenciado. Yago, con un movimiento rápido y decidido, casi instintivo, extendió su mano y giró la llave, cortando de golpe el chorro de agua fría que, hasta ese instante, había sido el único testigo de su ritual purificador y de la sorpresiva, pero innegablemente bienvenida, aparición de Nant. El cese del agua fue inmediato y profundo, un silencio que de repente se hizo ensordecedor en el lujoso baño, llenando el espac