Nant subió la gran escalera con una lentitud deliberada, cada peldaño de mármol resonando suavemente bajo sus pies, un eco de su cansancio y la intensidad del día. Dejó atrás a Yago y a Albert en el gran salón, sus voces discretas diluyéndose en el silencio de la imponente mansión. La perspectiva de la privacidad de su habitación era un imán irresistible, un refugio donde podía, por fin, despojarse de las tensiones acumuladas. La puerta se cerró suavemente tras ella, y el lujo de la suite los e