La camioneta de lujo se deslizaba suavemente por las calles de Veracruz, el sol de la tarde comenzaba a teñir el cielo de tonos anaranjados, violetas y rojos vibrantes, anunciando el crepúsculo. Los edificios pasaban como sombras borrosas, y el aire, antes cargado de la tensión de la ciudad, se sentía ahora más ligero, prometiendo la calma del anochecer. El suave zumbido del motor y el murmullo distante del tráfico formaban un telón de fondo para el silencio que se había instalado en el interio