La camioneta continuaba su suave y silencioso trayecto hacia la imponente residencia de Yago, el atardecer pintando el cielo con tonos dorados, anaranjados y púrpuras, anunciando el fin de un día agotador en Veracruz. El tráfico se había reducido considerablemente, permitiendo un avance más fluido y relajado que contrastaba con la agitación interna de Nant. Ella, aunque aliviada por haber tranquilizado a su madre sobre el "estado de su sitio" sin tener que recurrir a una mentira directa, no esp