Nant seguía observando, aún perpleja, el inusual desorden que dominaba el asiento contiguo en la camioneta. Periódicos abiertos, revistas de negocios apiladas sin mucho orden, recortes con titulares impactantes sobre el escándalo y fotografías de Belem que parecían gritar a cada página. Para ella, acostumbrada a una vida mucho más sencilla y ordenada, esa caótica acumulación de información era desconcertante. Pero lo que la sorprendía aún más era que ese desorden pareciera no afectar a Yago, un