Cuando Nant entró a la cocina, siguiendo el paso firme pero elegante de Albert, no estaba preparada para lo que encontró. Había esperado encontrar el mismo espacio silencioso de la noche anterior: pulcro, amplio, con el suave zumbido de los electrodomésticos y, quizás, con la calma presencia de Albert preparando algo sencillo. Pero lo que vio al cruzar el umbral fue un contraste tan fuerte que por un momento se detuvo en seco.
La cocina estaba viva. Vibrante. Un verdadero centro de operaciones.