Albert observó con atención, y no sin cierto deleite interno, la forma en que Nant formulaba su pícara pero genuina pregunta sobre cocinarle a Yago. Había algo refrescante en esa joven: su dulzura desprovista de cálculo, su humildad sincera y esa manera particular de tomarse en serio las pequeñas cosas. Nant no era como las mujeres que solían rodear al señor Yago. No tenía el andar calculado de las socialités, ni el tono frío de las ejecutivas, ni la teatralidad de las mujeres que venían buscan