El comentario burlón de Yago sobre el matrimonio y la gestión de la casa había dejado a Nant completamente roja, pero también con una chispa de emoción. Albert, con su risa apenas perceptible, se dio cuenta de la perplejidad de la joven.
—Por aquí, señorita —dijo Albert, con un gesto amable hacia un pasillo lateral que conducía a una oficina pequeña, probablemente la despensa o un cuarto de servicio—. Le diré algo breve para llevar una casa como esta.
Nant, aún avergonzada pero intrigada, sigui