Mientras la intimidad se tejía en el departamento de Yago en Veracruz —entre vapor, silencios y miradas llenas de promesas—, a cientos de kilómetros de distancia, en la aparente tranquilidad de su hogar en Puebla, Clara no podía conciliar el sueño. La noche era larga y densa, como si el tiempo se hubiera detenido solo para recordarle que su hija ya no estaba bajo su techo, ni bajo su cuidado directo. La almohada no ofrecía alivio, el edredón tampoco. Daba vueltas una y otra vez en la cama, busc