La recámara de Yago se sentía como un santuario. El mundo exterior, con su caos incesante, con sus escándalos, traiciones y expectativas, parecía desvanecerse al cruzar esa puerta. Las luces tenues, la calidez del ambiente y el silencio cuidado daban a la habitación una atmósfera casi sagrada. Yago y Nant entraron juntos, no tomados de la mano, pero sí unidos por algo mucho más profundo: la promesa tácita que ella le había hecho con su presencia, con sus palabras, con su decisión de estar ahí.