La puerta de madera laqueada de la habitación principal se cerró con un clic suave, pero para Yago del Castillo, ese sonido tuvo la finalidad de una sentencia. Se quedó de pie en el pasillo de la suite, con la mano aún apoyada en el pomo dorado, sintiendo cómo la madera vibraba levemente, como si del otro lado Alina también estuviera apoyada, respirando contra la barrera que él acababa de imponer.
Yago soltó el pomo y exhaló un aire que había retenido en los pulmones durante los últimos diez minutos. Su cuerpo, que había estado en tensión máxima, preparado para la conquista y luego forzado a una contención monástica, le pasó factura. Las piernas le pesaron. La adrenalina se retiró, dejando un vacío físico y un dolor sordo en la sien.
No caminó hacia la sala. No fue al bar a servirse un trago.
En lugar de eso, Yago hizo algo que el "Titán" de CIRSA nunca haría en público. Giró sobre sus talones y apoyó la espalda contra la puerta cerrada. Sintió la solidez de la madera contra su column