Yago giró el pomo dorado de la puerta con la certeza de quien ha dado tiempo suficiente para recomponer un mundo roto. Había pasado un tiempo prudente en el pasillo, lidiando con Joren y con sus propios demonios, tiempo que calculó suficiente para que Alina Korályova, la mujer de hierro, hubiera recuperado su armadura roja y su dignidad.
Empujó la hoja de madera y dio un paso hacia el interior de la suite, con la mirada baja por respeto, esperando encontrarla sentada en el sofá, quizás con una