Yago giró el pomo dorado de la puerta con la certeza de quien ha dado tiempo suficiente para recomponer un mundo roto. Había pasado un tiempo prudente en el pasillo, lidiando con Joren y con sus propios demonios, tiempo que calculó suficiente para que Alina Korályova, la mujer de hierro, hubiera recuperado su armadura roja y su dignidad.
Empujó la hoja de madera y dio un paso hacia el interior de la suite, con la mirada baja por respeto, esperando encontrarla sentada en el sofá, quizás con una copa en la mano y la mirada desafiante de vuelta en su lugar.
Pero al levantar la vista, el escenario lo detuvo en seco.
Alina no estaba vestida. Seguía sentada en el borde de la cama, exactamente donde él la había dejado, como una estatua de sal abandonada tras una tormenta. Su desnudez, pálida y perfecta, estaba apenas cubierta por las sábanas de seda blanca que ella sostenía contra su pecho con los puños apretados. Al escuchar la puerta abrirse, Alina se sobresaltó y jaló la tela hacia arriba