El rechazo de Yago, aunque envuelto en palabras de honor y respeto, golpeó a Alina con la fuerza de una bofetada física. Para una mujer que había sido criada para ser una reina, para no recibir nunca un "no" por respuesta, la negativa de Yago de tomarla en ese momento preciso fue devastadora.
Las lágrimas brotaron de sus ojos grises, calientes y rápidas. No eran lágrimas de tristeza melancólica; eran lágrimas de frustración pura, de ira contenida y de una vergüenza que le quemaba la piel. Se sentía expuesta, no por su desnudez parcial, sino porque había puesto su carta más valiosa sobre la mesa y él la había rechazado.
—¡No lo entiendes! —exclamó Alina, sentándose en la cama, ignorando la sábana con la que Yago había intentado cubrirla. La tela de seda resbaló, dejando sus hombros y su pecho al descubierto de nuevo.
Alina lo miró con desesperación. Quiso decirle la verdad completa. Quiso gritarle que todo esto era un plan maestro de Viktor, que su virginidad era, en la mente retorcida