Belém cruzó una mirada rápida con Vera, quien seguía en la puerta, y comprendió al instante lo que había hecho su hermana: había mentido para protegerla, pero esa mentira estaba a punto de costarle a Yago.
Sin decir una palabra, Belém se subió al taxi del que acababa de bajar. —¡Siga a ese auto negro! —gritó, señalando al Interceptor que rugía alejándose—. ¡Bloquéele el paso, ciérrelo, chóquelo si es necesario! ¡No me importa, pero ese auto no debe salir de la avenida!
El taxista la miró por el