Vera sostuvo la mirada de Yago por un segundo, pero sus nervios la traicionaron. Decidió jugar una carta peligrosa, una verdad a medias mezclada con una mentira diseñada para alejarlo.
—No está —dijo Vera, cruzándose de brazos—. Salió. Fue a buscar a Javier, su esposo.
La mención del nombre provocó un efecto inmediato. La mandíbula de Yago se tensó visiblemente. Una vena palpitó en su sien. Quería explotar allí mismo. El acuerdo tácito de la noche del jueves había sido claro, cristalino: si Bel