El silencio que quedó en la residencia de Puerto Esmeralda era sepulcral, roto únicamente por los sollozos ahogados de Nant. Seguía parada en la entrada, bajo el sol del mediodía que ahora le parecía cruel y excesivo. Con manos temblorosas, marcó el número de Yago una, dos, tres veces.
—Su llamada está siendo transferida al buzón...
La voz automatizada era una sentencia. Nant colgó y comenzó a escribir mensajes desesperados, sus dedos tropezando sobre el teclado virtual.
"Yago, por favor, conté