A 414 kilómetros de distancia de la bruma salina de Veracruz, en el corazón financiero de la Ciudad de México, la mañana transcurría con una frialdad corporativa muy distinta. En la torre de KORALVEGA en Polanco, el sol apenas se filtraba a través de las persianas cerradas de la oficina de Alina Korályov de la Vega.
No había juntas esa mañana, ni llamadas internacionales. Alina había cancelado todo y dado órdenes estrictas de no ser molestada.
Estaba sentada en el amplio sofá de cuero italiano