El silencio que siguió a la primera explosión de placer fue denso, roto únicamente por el sonido entrecortado de sus respiraciones tratando de sincronizarse de nuevo con la realidad. Belém se dejó caer suavemente sobre el pecho de Yago, sintiendo bajo su oído el martilleo poderoso del corazón de él, un ritmo que poco a poco comenzaba a descender desde las alturas de la taquicardia. El sudor de ambos actuaba como un pegamento, fusionando sus pieles en una sola entidad.
Cualquiera hubiera pensado