El automóvil se detuvo frente a la fachada discreta del motel, ese edificio anónimo en las afueras que, para ellos, se había convertido en un santuario lejos del ruido, de las empresas y de las expectativas familiares. No era un lugar de lujo desmedido como los hoteles de cinco estrellas que Yago frecuentaba en sus viajes de negocios internacionales con CIRSA, ni tenía la frialdad corporativa y estéril de las suites ejecutivas donde solía cerrar tratos millonarios. Aquel lugar tenía el aroma de