El aire caliente de la calle Quetzalcóatl parecía haberse espesado, volviéndose una masa pegajosa de deseo y culpa. Yago del Castillo sintió el golpe visual de Belem, expuesta y ofrecida en el umbral, y su cuerpo reaccionó con la memoria de mil noches pasadas. Su sangre, traicionera, bombeó con fuerza hacia abajo, recordando exactamente cómo se sentía esa piel bajo sus manos.
Pero entonces, otra imagen cruzó su mente como un escudo de hielo: Nant.
Recordó a la bióloga, su prometida. Recordó la