El silencio en la calle Quetzalcóatl era denso, solo roto por el tic-tic-tic del motor del Mustang enfriándose. Yago del Castillo, con la guardia baja por primera vez en meses, miró a Belem. La tentación ya no era un susurro; era un grito. Su cuerpo, traicionando a su intelecto, anhelaba esa despedida sucia y definitiva que ella le ofrecía.
Yago, metafóricamente, soltó la moneda al aire. Decidió jugar con el borde del abismo.
—Si aceptaba... —dijo Yago, con la voz grave y rasposa—, ¿cuánto tiem