El bramido del motor V8 del Shelby GT500 cesó abruptamente frente a la casa de la calle Quetzalcóatl, dejando un silencio repentino y pesado en la noche húmeda de Veracruz. El auto negro, una bestia mecánica que pertenecía a otra época de sus vidas, brillaba bajo la luz amarillenta del único farol de la cuadra.
Yago del Castillo bajó del vehículo.
No llevaba las maletas con los seis millones de pesos todavía; esas seguían en la cajuela. Primero tenía que evaluar el terreno. Caminó hacia la reja