La puerta de la Suite Ejecutiva 3001 del Hotel Emporio se cerró con un chasquido electrónico pesado. La asistente de Alina, aún vestida con la ropa de manta y con el sudor frío secándose en su espalda, corrió hacia la mesa de cristal y volcó el contenido de su bolso de tela sobre la superficie.
Cayó la grabadora digital. Cayeron las llaves del hotel. Cayó el celular de Belem Cabo (el cáliz sagrado de la información).
Y, para su propia incredulidad, cayeron los cuatro fajos de billetes de quinie