El interior de la Suburban blindada de Yago del Castillo era una cápsula de tiempo y espacio ajena a la realidad de Veracruz. El ruido del tráfico, los cláxones de los taxis y el bullicio de los vendedores ambulantes quedaban anulados por el cristal de cinco centímetros de espesor. El aire acondicionado, calibrado a una temperatura perfecta de 21 grados, secaba el sudor de la tarde y creaba una atmósfera estéril, lujosa y silenciosa.
Vera y Belem Cabo iban en el asiento trasero de piel negra.
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