Belem Cabo acababa de firmar su nombre en el contrato. La tinta aún brillaba, húmeda, sobre el papel bond. Su teléfono, con todos los secretos de Yago, ya estaba en posesión de "Mónica", y el fajo de billetes sobre la mesa era el precio de su alma.
A tres metros de distancia, en la mesa del poder, Yago del Castillo probó su café.
Hizo una mueca imperceptible. El mesero, nervioso por la presencia del Gobernador y las cámaras, le había servido un café normal, cargado de cafeína. Yago, disciplinad