El eco de la última frase de Viktor —“Gracias a ti, KORALVEGA y CIRSA serán una sola”— se disipó lentamente en el aire acondicionado de la inmensa sala de juntas, pero su peso permaneció, aplastante, sobre los hombros desnudos de Alina.
Ella sintió cómo el peso físico y metafórico de la dinastía Korályov se asentaba sobre ella, hundiéndola en la silla de cuero italiano. En ese instante, bajo la mirada gris y escrutadora de su padre, Alina comprendió con una claridad aterradora que su vida había