Nant se acomodó en su asiento junto a la ventanilla; el zumbido de los motores del avión era un telón de fondo constante para el torbellino de sus pensamientos. La bendición de su madre aún resonaba en sus oídos, una cálida brisa de coraje en medio de la tormenta que se avecinaba. Repasó mentalmente su plan: el chofer de Yago, la ropa, la discreción. Había un futuro incierto, sí, pero no iría desarmada.
De repente, un recuerdo fugaz, casi un detalle insignificante de otro día, cruzó su mente. L