El taxi de Nant se detuvo con un chirrido suave frente a la terminal del aeropuerto internacional de Puebla. Apenas había colgado la llamada con su madre, cuyo abrazo aún sentía, un eco de bendición y preocupación. Con el corazón latiéndole a mil por hora, Nant pagó al taxista y bajó, aferrándose a su pequeña maleta con ropa para apenas tres días. Sabía que eso no sería suficiente.
Su mente, ágil y decidida, ya estaba planeando los siguientes pasos. Necesitaba un aliado en el campo de batalla d