Quince minutos antes de que el avión tocara tierra en el aeropuerto de Veracruz, Nant sintió la familiar vibración del descenso. La tensión en su estómago se intensificó, mezclada con una punzada de ansiedad y una renovada determinación. Sacó su teléfono y envió un mensaje rápido al chofer de Yago, confirmando su inminente aterrizaje. Luego, decidió hacer una llamada.
—Estoy a punto de aterrizar, en unos quince minutos o menos —dijo Nant, su voz mezclada con el rugido decreciente de los motores